Quizá la pereza, mi compañera habitual, no me permitía empezar un weblog. Los intentos no faltaron. Cada iniciativa terminaba en la pregunta: ¿pero que diablos puedo escribir yo? No es que no escriba, todos escribimos, supongo.
Escribo en cualquier papel de por allí, para recordad algo que podría serme útil después (por ejemplo: “tengo que estudiar que es El Sd. de Plummer Vinson” o cosas así), he escrito informes médicos por casi un año en mi internado y también clases casi toda mi vida! dictadas por ilusos docentes que se la pasan floreando sin saber lo que decían. Pero eso no cuenta.
A veces me pongo a idear historias, ilusiones pasajeras que podrían ser escritas. Es allí que me entran las ganas de plasmar esa lucidez en algún weblog. Pero no tengo aun un weblog, me decía.
Bien, resolvamos el problema y creemos uno, para ver si coinciden esa lucidez, que en realidad no es tan pasajera, con el instante frente a la computadora, la pereza dormida, y un café, o lo que fuese, para calentar el ambiente.